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Importancia de las revisiones oftalmológicas periódicas

Persona mayor con gafas de lectura en la sala de espera luminosa de una clínica oftalmológica moderna

Acudir a revisión con el oftalmólogo al menos una vez al año permite prevenir problemas oculares como las cataratas, el glaucoma, la degeneración macular o la retinopatía sin necesidad de llegar a una situación de emergencia.

Dra. Elena Martín

Especialista en Oftalmología 

Las afecciones oculares, muchas veces silenciosas, pueden ocasionarnos limitaciones importantes a la larga, más aún teniendo en cuenta el gradual envejecimiento de la población (a más edad, mayor incidencia) y el creciente uso de pantallas que deterioran nuestra visión.

Más de 180 millones de personas en el mundo presenta alguna forma de discapacidad visual, según la Organización Mundial de la Salud, mientras que, en concreto, en España, más del 70% de los adultos tiene problemas visuales.

Una de las afecciones oculares más comunes asociada a nuestro estilo de vida es la miopía ya que, según explica el citado organismo de Naciones Unidas, su incidencia se incrementa al pasar más tiempo en espacios interiores, lo que hace crecer los problemas de visión cercana. Al contrario, pasar más tiempo en exteriores puede reducir el riesgo de padecer miopía. En todo caso, la miopía es un defecto de refracción que hoy día puede rectificarse mediante cirugía.

En el caso de las personas con diabetes y muy especialmente del tipo 1 (insulinodependiente), las posibilidades de sufrir algún tipo de retinopatía aumentan significativamente, por lo que someterse a revisiones oftalmológicas periódicas y controlar adecuadamente la enfermedad contribuye a preservar la salud ocular.

La afección oftalmológica más grave es la ceguera y, muchas veces, se puede evitar con tratamientos precoces, como en los casos de glaucoma, retinopatía diabética o degeneración macular, o con intervenciones ya muy consolidadas, como la de catarata. Es un error esperar a presentar síntomas, porque como ocurre con determinadas patologías, cuando esto sucede, ya son irreversibles, según advierte la Sociedad Española de Oftalmología.

La detección temprana de un problema ocular mediante los exámenes oftalmológicos periódicos, no solo permitirá poner una solución a tiempo, sino que en algunos casos permite detectar incluso otras afecciones tales como diabetes, tumores cerebrales e hipertensión.

Por tanto, las revisiones son necesarias se tengan o no síntomas de algún problema visual. Pero por supuesto, ante cualquier alteración de los ojos o indicio de que algo no va bien (enrojecimiento, picor, dolor, sequedad, lagrimeo, fotofobia, visión borrosa o reducida, etc.) también hay que acudir al especialista.

Llevar una vida saludable, lo que incluye seguir una dieta equilibrada, practicar ejercicio, proteger nuestros ojos del Sol y evitar hábitos tóxicos como el tabáquico, también nos ayuda a mantener la salud de nuestros ojos por más tiempo.

Candidatos a una revisión oftalmológica

  • La frecuencia y la idoneidad de los exámenes oftalmológicos de rutina dependerán de la edad del paciente, su historial médico y sus antecedentes familiares. Tanto adultos, como adolescentes y niños deberían someterse a este tipo de revisiones preventivas regularmente, pero muy especialmente si presentan antecedentes como:
  • Cirugías oculares
  • Lesiones en los ojos
  • Problemas de vista
  • Consumo de medicamentos con posibles efectos secundarios asociados a la vista
  • Enfermedades oculares
  • Familiares con enfermedades oculares
  • Haber usado o usar lentillas
  • Sufrir diabetes o hipertensión

Según la Academia Americana de Oftalmología, es especialmente importante que un adulto se haga un examen oftalmológico completo a los cuarenta años de edad, ya que es cuando aparecen los primeros síntomas de patologías oculares o indicios de cambios en la vista. A partir de los 65, las revisiones deben hacerse cada uno o dos años para detectar afecciones asociadas a la edad.

¿Qué incluye un examen ocular rutinario?

Una revisión ocular completa no durará más de una hora y media. La llevará a cabo un médico oftalmólogo, combinando la observación simple y la utilización de avanzados aparatos con tecnología láser, ultrasonidos y para el diagnóstico por imagen.

En primer lugar, tratará de detectar problemas de refracción, como la miopía, el astigmatismo, la hipermetropía o la presbicia. A continuación, examinará los distintos elementos que conforman la parte anterior y posterior del ojo, además del nervio óptico, en busca de indicios de otras patologías.

Este examen debe incluir una serie de pruebas:

  • Informe médico en base a los antecedentes oftalmológicos personales y familiares, y que recoja las respuestas que aporte el paciente en su primera consulta.
  • Evaluación de la respuesta de las pupilas frente a la luz.
  • Revisión de la graduación correctiva si la hubiese.
  • Medición de la agudeza visual mediante la famosa tabla de Snellen, con filas y columnas de letras y números de distintos tamaños que ha de colocarse a una distancia de seis metros.
  • Comprobación del alineamiento de los ojos, así como del movimiento ocular y de los músculos que intervienen en el mismo, una prueba que permite detectar el estrabismo.
  • Revisión del campo visual y la visión periférica, por si hubiese pérdida de visión y riesgo de glaucoma. Se evalúa mediante campimetría, una técnica que se sirve de un aparato que emite estímulos luminosos y de sonido, y que requiere de la colaboración del paciente.
  • Medición de la presión del ojo mediante tonometría. Una tensión alta no tiene por qué asociarse directamente al glaucoma, ya que el paciente puede ser un hipertenso ocular o presentar daños neurológicos y ser alguna de esas la causa de ese registro elevado.
  • Dilatación de la pupila para revisar el fondo de ojo en busca de daños en la retina y el nervio óptico. Durante un par de horas después de la dilatación no se podrán hacer trabajos de precisión visual, ni conducir.
  • Examen de anejos del ojo incluyendo párpado, y segmento anterior (córnea, iris y cristalino) en busca de cataratas, rasguños y cicatrices.

Otras pruebas más específicas

Primer plano de un ojo humano sano mostrando detalle del iris, la pupila y las pestañas con iluminación suave de estudio

Para llevar a cabo un examen oftalmológico más en profundidad en determinada parte del ojo, en busca de patologías concretas y con el fin de valorar la ubicación y extensión de las mismas si las hubiese, el especialista puede indicar que se practiquen al paciente pruebas adicionales más específicas, entre otras:

  • Tomografía de coherencia óptica. Ofrece imágenes altamente precisas de la retina y permite, entre otras cosas, comprobar la evolución de la degeneración macular húmeda.
  • Tomografía computerizada y resonancia magnética. Las imágenes obtenidas mediante esta técnica permiten detectar tumores en los ojos.
  • Angiografía con fluoresceína. Un tinte hace que resalten bajo una luz especial los vasos sanguíneos de los ojos, permitiendo comprobar si hay alteraciones en ellos. La variante angiografía con verde de indocianina permite ver los vasos sanguíneos más profundos situados en el coroides, un tejido posterior a la retina.
  • Autofluorescencia del fondo de ojo. Permite detectar un aumento de un pigmento de la retina indicativo de patologías como la degeneración macular, permitiendo establecer en qué fase se encuentra.
  • Paquimetría. Permite medir el grosor de la córnea.
  • Gonioscopia. Mide el ángulo de unión del iris y la córnea y establece si es más abierto o más cerrado. Permite, por ejemplo, determinar el tipo de glaucoma.
  • Oftalmoscopia. Sirve para comprobar daños en las fibras nerviosas del nervio óptico, un indicio de glaucoma.
  • Tonometría de aplanamiento. Permite medir la presión del líquido del ojo y detectar cataratas.
  • Ecografía. Recurre a ondas sonoras de alta frecuencia y permite evaluar la retina y otras partes del ojo.
  • Examen de la estructura ocular con lámpara de hendidura. Emite una luz intensa para ver secciones pequeñas de la parte delantera del ojo.
  • Topografía. Permite explorar la superficie de la córnea.
  • Rejilla de Amsler. Esta sencilla prueba también puede realizarse en casa para evaluar la visión central. Si se observan borrosas las líneas de la rejilla, probablemente habrá daños en la retina e, incluso, el especialista puede deducir el alcance.

Preparación de la consulta

Ya hemos dicho que no hace falta presentar síntomas para hacerse una revisión ocular y que a medida que cumplimos años va siendo más necesario. Aquí van otros consejos:

  • Acude siempre a un centro médico con especialistas en oftalmología experimentados y aparatos de diagnóstico que incorporen los últimos avances tecnológicos.
  • Ten tu historial médico a mano, repasa mentalmente posibles molestias o dificultades que hayas tenido relacionadas con la vista, así como antecedentes familiares de patologías oftalmológicas.
  • Lleva una lista de medicamentos, vitaminas y suplementos que estés tomando y que el especialista pueda considerar relevantes para hacer su diagnóstico. Es posible que el oftalmólogo te pregunte por tus hábitos para determinar si son saludables.
  • Acude acompañado si sospechas que será preciso que te dilaten la pupila, para que te ayuden a regresar a casa.
  • Lleva preparada una lista de preguntas, especialmente en el caso de que seas candidato a una cirugía para corregir defectos de refracción. El objetivo es conocer mejor los posibles riesgos y las indicaciones previas y posteriores a la intervención.

Recuerda que algunos factores de riesgo que pueden motivar que acudas a consulta para una revisión son: usar lentes de contacto, haberse sometido a una cirugía ocular, padecer diabetes o hipertensión arterial, tener debilitado tu sistema inmune, contar con antecedentes familiares de patologías oftalmológicas o consumir determinados medicamentos, como colirios con corticoides, entre otros.

Artículo validado por
Dra. Elena Martín
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